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Sé cuando sonríes aunque no te tenga en frente. Tu sonrisa es tan amplia, tan contagiosa, que la derramas por todos lados: en tus mensajes, en tu voz, en las personas que te rodean. Nadie vuelve a ser el mismo después de escucharte una carcajada: nos tocas a todos con tu esencia, con el halo de luz que te envuelve y con la infinita bondad de tu corazón. Y yo, más que reclamar el absurdo privilegio de tenerte para mí y sólo para mí, prefiero pensar que puedo ser motor de tu luz, que mis palabras pueden ser chispa que inflamen el fuego de tus labios y el trueno de tus carcajadas. ¡Imagínate: ser como un sacerdote que mantiene al sol afuera, ser el rito que dispara la lluvia! Porque eso eres tú riendo: una fuerza imbatible de la naturaleza. Nunca dejes de regarnos a todos los que te queremos con el maná que sale de tu corazón, mi cielita, necesitamos de ti y de tu luz. Déjame intentar con todas mis ganas ser, aunque sea de vez en cuando, el devoto que se gana el favor de la diosa que ilum...
 Me gustan los atardeceres de verano: sus colores, su calor, los sonidos de la gente que aprovecha días más largos. Me dan esperanza: esperar todo un año para esto valió la pena. Cuando vivía allá, el verano también significaba más tiempo libre. Retrasaba una o dos semanas mi regreso a casa para estar, para hacer de todo contigo: ¿te acuerdas cuando fuimos a patinar a Parque México? ¿Cuando tomamos un turibús nocturno? ¿Cuando fuimos al mercado de plantas en la Roma? Los días en México no son tan largos como aquí, ¡pero vaya que los hacíamos rendir! Tanto, que se terminaban y nosotros no lo aceptábamos: "¿qué cenamos? ¿Qué tan lejos está? Pues te quedas conmigo, pues tomamos Uber, total, mañana es domingo, total, tienes ropa en mi casa...". Este verano lo que toca es extrañarte, pensar qué es lo que tú habrías querido hacer en cada ciudad, verte en los nombres de las calles y en las olas del mar sin que tú estés. ¿Qué hará mi cielita, qué hora es allá? Y la tarde se llena de ...
 Estás en todas partes, mi vida, en todas. Me levanto y veo tu sonrisa deslumbrante, tus ojazos cafés y tu cabellera larga, china, inagotable, tal y como si te tuviera acostada junto a mí. Te encuentro en todas las ciudades que visito: ¿esa del vestido vaporoso eres tú? No: es un recuerdo de cuando caminábamos juntos por nuestra propia ciudad, de los domingos de salida por la Alameda, de los días bonitos que en ese momento parecían eternos. Salí a buscar algo de desayunar. Barcelona se parece muchísimo al DF: avenidas grandes, arboladas, llenas de negocios y de gente revoloteando de acá para allá. Hay cafecitos y panaderías por todos lados, dependientes barriendo sus entradas, camiones de basura recogiendo contenedores... todo me recuerda a las mañanas en que iba a visitarte en la Roma y la Condesa, apenas un poquito antes de que empezaras a trabajar. ¿Cómo se llamaban los lugares que visitábamos, mi amor? Rosetta , Peltre , un cafecito con un árbol cuyas raíces ya rompían la banqu...