Me gustan los atardeceres de verano: sus colores, su calor, los sonidos de la gente que aprovecha días más largos. Me dan esperanza: esperar todo un año para esto valió la pena.

Cuando vivía allá, el verano también significaba más tiempo libre. Retrasaba una o dos semanas mi regreso a casa para estar, para hacer de todo contigo: ¿te acuerdas cuando fuimos a patinar a Parque México? ¿Cuando tomamos un turibús nocturno? ¿Cuando fuimos al mercado de plantas en la Roma? Los días en México no son tan largos como aquí, ¡pero vaya que los hacíamos rendir! Tanto, que se terminaban y nosotros no lo aceptábamos: "¿qué cenamos? ¿Qué tan lejos está? Pues te quedas conmigo, pues tomamos Uber, total, mañana es domingo, total, tienes ropa en mi casa...".

Este verano lo que toca es extrañarte, pensar qué es lo que tú habrías querido hacer en cada ciudad, verte en los nombres de las calles y en las olas del mar sin que tú estés. ¿Qué hará mi cielita, qué hora es allá? Y la tarde se llena de recuerdos, de nosotros riéndonos en un café, de cielos naranja con cientos de pájaros gritándonos que ya están de vuelta en casa, que tienen mil cosas que contarse. ¡Qué ganas de ser un pájaro de esos, mi amor! Volar de vuelta a ti cada anochecer, contarte en voz alta qué hice, qué me pasó, qué aprendí hoy y qué quiero saber mañana. Acurrucarme en la fronda de tus brazos, sentir tu respiración dulce y tibiecita en mi cabeza, escucharte preguntando más de lo que yo me escucho contando.

Ya sé que, por ahora, eso es difícil. Tenemos que conformarnos con mandarnos mensajes desfasados, audios largos, escribirte entradas en un blog cual botellas que un náufrago echa al mar. No pasa nada: un día, prometo que cada vez más cercano, todas nuestras tardes van a tratar del uno junto al otro. De la mano por un puente, con el sol escondiéndose tras el río, los pajaritos voltearán a vernos y dirán "¿qué tanto se contarán esos dos enamorados?".

Comentarios