Sé cuando sonríes aunque no te tenga en frente. Tu sonrisa es tan amplia, tan contagiosa, que la derramas por todos lados: en tus mensajes, en tu voz, en las personas que te rodean. Nadie vuelve a ser el mismo después de escucharte una carcajada: nos tocas a todos con tu esencia, con el halo de luz que te envuelve y con la infinita bondad de tu corazón. Y yo, más que reclamar el absurdo privilegio de tenerte para mí y sólo para mí, prefiero pensar que puedo ser motor de tu luz, que mis palabras pueden ser chispa que inflamen el fuego de tus labios y el trueno de tus carcajadas. ¡Imagínate: ser como un sacerdote que mantiene al sol afuera, ser el rito que dispara la lluvia! Porque eso eres tú riendo: una fuerza imbatible de la naturaleza. Nunca dejes de regarnos a todos los que te queremos con el maná que sale de tu corazón, mi cielita, necesitamos de ti y de tu luz. Déjame intentar con todas mis ganas ser, aunque sea de vez en cuando, el devoto que se gana el favor de la diosa que ilumina al mundo cuando ríe.

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