Estás en todas partes, mi vida, en todas. Me levanto y veo tu sonrisa deslumbrante, tus ojazos cafés y tu cabellera larga, china, inagotable, tal y como si te tuviera acostada junto a mí. Te encuentro en todas las ciudades que visito: ¿esa del vestido vaporoso eres tú? No: es un recuerdo de cuando caminábamos juntos por nuestra propia ciudad, de los domingos de salida por la Alameda, de los días bonitos que en ese momento parecían eternos.
Salí a buscar algo de desayunar. Barcelona se parece muchísimo al DF: avenidas grandes, arboladas, llenas de negocios y de gente revoloteando de acá para allá. Hay cafecitos y panaderías por todos lados, dependientes barriendo sus entradas, camiones de basura recogiendo contenedores... todo me recuerda a las mañanas en que iba a visitarte en la Roma y la Condesa, apenas un poquito antes de que empezaras a trabajar. ¿Cómo se llamaban los lugares que visitábamos, mi amor? Rosetta, Peltre, un cafecito con un árbol cuyas raíces ya rompían la banqueta (¿ahí tomamos "leche dorada"?), un restaurante con grandes ventanales en una esquina (¿pedimos chilaquiles, verdad?). Días que empezaban grises, entrar y salir a las seis de la mañana de alguna estación de metro, en medio del tumulto y el ajetreo, de los olores y los sonidos de la urbe a pleno despertar. Encontrarte: ¡holi, cielita! ¡Qué bonita te ves hoy! ¿Es para allá, pones el Maps, a qué hora tienes que estar en SEMOVI? Despedirnos: te acompaño, ¿por aquí está bien? Te quiero mucho, mi vida, ten un día muy bonito. A las nueve de la mañana, ya con el sol alto, caminaba a Sevilla con la torre BBVA viéndome desde arriba.
Encontrarnos tempranísimo fue iniciativa tuya porque, en tus palabras, durante la carrera fuimos un par de mueganitos que no se despegaban nunca y la vida laboral vino a romper nuestra dinámica. Querías que nos dedicáramos más tiempo, que nos viéramos más seguido. Qué idea tan bonita, ¿sabes? Yo, renuente al principio, terminé adorando esos viajes que comenzaban en Copilco, con el cielo gris y ceniciento, y terminaban, a veces, en Niños Héroes y, otras, en Hospital General o Chilpancingo. Me hacían sentir parte de nuestra ciudad, un auténtico habitante del pedazo de país que descubrí y construí contigo. Me arreglaba: siempre camisa, no importa que se arrugue en el camino; siempre perfume, no importa que se desvanezca en el vagón. Así viajamos todos en nuestra ciudad y en la vida: con la incertidumbre de que lo que preparamos no va a llegar a destino como esperamos, pero eso no importa porque lo importante es recorrer, llegar. Y mi llegada siempre valía la pena porque ahí estabas tú.
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